En navidad nos surge espontáneamente mirar al recién nacido, a Jesús, luz del mundo. En el silencio de una noche nos visita el esperado de los siglos. Nos encontramos en el pesebre signos de ostentación, sino más bien la marca de la sencillez: no había lugar para ellos; los visita los pastores, tienen menos de lo necesario. El cambio la historia, el suceso de Belén trajo vida en abundancia. Dios nos ha dado a su Hijo único. Desde la fe descubrimos que el Señor nos ha salvado a todos. Pero esa salvación no es impuesta, es ofrecida. Muchos corazones se cierran a Dios, y allí es donde encontramos las consecuencias de abandonar al que es origen y fin de nuestra vida. ¿Seremos capaces de recibir la luz del Señor, para cambiar nuestras vidas, para llevar paz a nuestras familias?
Nos enseña nuestro Papa: “En ese niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercanos, que podemos tratarle de tú y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido. En ese niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza porque no pretende conquistar, por decir así, desde fuera, sino que quiere más bien ser recibido libremente por el hombre”.
Benedicto XVI.